Roma

Jorge Pedro Uribe Llamas

 

¿Dónde encontrar la esencia de esta querida colonia doble (la Norte y la Sur)? Históricamente, en el barrio de Romita, llamado así por semejar, hace siglos, a cierto tívoli de la capital italiana. Lo primero aquí es visitar la rectoría de San Francisco Javier, centro histórico de la antigua isleta de Aztacalco ("en la casa de las garzas"), atrás del Metro Cuauhtémoc. A la sombra de agradables árboles y evocando los peligros advertidos por José Emilio Pacheco en Las batallas en el desierto (1981): "Te secuestran, te sacan los ojos, te cortan las manos y la lengua, te ponen a pedir caridad y el Hombre del Costal se queda con todo". Claro que la Romita ha cambiado mucho desde entonces. Actualmente no parece probable que en estas calles sigan asando chichicuilotes, o preparen atole de ciruela como en antaño. Igual sigue almorzándose sabroso en la placita los sábados y domingos, eso no cambia. Nos dan ganas de platicar sobre la famosa película de Buñuel, la calzada que aún conduce hacia la Piedad, la desusada farsa de los ahorcados cada martes de carnaval, la tortillería, el huerto urbano, los talleres mecánicos... Sin embargo ya toca cambiar de emplazamiento. Así, caminamos por Puebla hasta detenernos en la esquina con Flora, linda hermanita de Pomona, sendas deidades de las flores y las frutas. Qué hermosa la nomenclatura de la Roma (cuya madre fue Romita, y de ahí su propio nombre). Para abundar en ella habrá que referirnos al espíritu con el que se fracciona la colonia durante el Porfiriato tardío, en el contexto de una capital poblada por medio millón de habitantes. La Ciudad de México se expande a todo galope para pasmo de los ecologistas. En promedio se crean tres colonias por año, y no pocos pueblos dejan de serlo casi sin percatarse. Federico Gamboa publica Santa. La zarzuela Chin-Chun-Chan se pone de moda. Y el Circo Orrin hace las delicias de todo el mundo por obra y gracia de Edward Walter Orrin, gerente asimismo de la Compañía de Terrenos de la Calzada Chapultepec, S.A. O sea, quienes que establecen la colonia un 30 de diciembre, en 1902 (la Roma Sur se constituye cuatro años después mediante otra empresa fraccionadora). O sea, quienes le ponen nombre a sus calles y avenidas, basándose, se supone, en las ciudades y estados en los que el circo se ha presentado con suficiente éxito. Salvo Flora y Pomona, se entiende. Por su parte, Jalisco se convierte en Álvaro Obregón hacia 1928. ¡Ay, qué tiempos, señor don lector! "En la Roma vivieron los ricos de segunda, los pseudoaristócratas: aquellos que empobrecidos por el giro de los tiempos se quedaron sólo con el sueño de seguir viviendo como en tiempos de don Porfirio", escribió Guillermo Tovar de Teresa. Pseudoaristócratas o no, de seguro todos encantados con las novedosas disposiciones urbanísticas: calles con una anchura de 20 metros, un boulevard tipo parisino de 45, camellones con pasto y faroles, buenas obras de drenaje... Y en el corazón un hermoso jardín con fuente circular y bancas de hierro, que aún disfrutamos enormemente, al igual que la Plaza Luis Cabrera. ¡Cuántos vecinos ilustres han vivido en la Roma! Ramón López Velarde, Leonora Carrington, Fernando del Paso, María Conesa... La comunidad judía de proveniencia siria y sefardí (los ashkenazim se decantaron más por las Hipódromo y Condesa); por fortuna sobreviven sinagogas en buen estado, y se usan. Y qué decir de los edificios: desde el Toreo (su terreno, es sabido, lo ocupa hoy El Palacio de Hierro) hasta el Balmori, pasando por el Museo del Objeto del Objeto en un bello caserón art nouveau, y la Escuela Benito Juárez, de Carlos Obregón Santacilia. La iglesia de la Sagrada Familia. El Condominio Insurgentes. Con todo, la esencia de la colonia no se halla exactamente en sus construcciones, sino en la gente: los locatarios de Medellín que por la tarde se pasan a la cantina de enfrente, los que vienen a cenar o comprar productos orgánicos u oír jazz, aquellos que aún leen a los beatniks, ciclistas y maniquís, Lupita y Marcos por siempre, Guillermo Tovar alguna vez, los sobrevivientes de tanto temblor y fluctuación económica e inmobiliaria... Ustedes y nosotros, y un montón de árboles en sus plazas.