Calzada de Tacuba

Calzada de Tacuba

Pocas calles en el mundo pueden presumir de haber sido caminadas por emperadores mexicas, conquistadores españoles y transeúntes contemporáneos. La antigua Calzada de Tacuba, que hoy se divide en tramos emblemáticos como San Cosme, Hidalgo o la propia calle de Tacuba, ostenta el título de la vía urbana en activo más vieja de este continente. Un trazo legendario que sobrevivió a la caída de una gran civilización para convertirse en la columna vertebral de la Ciudad de México.

Diseñada durante 1377 por los ingenieros de la México-Tenochtitlan, esta ruta nació con una función estratégica e hidráulica. Funcionaba como un dique sobre las aguas del lago de Texcoco para conectar el Templo Mayor con el señorío de Tlacopan, al mismo tiempo que sostenía los acueductos que abastecían a la ciudad de agua potable. En ese suelo ocurrieron episodios cruciales de nuestra historia, sirviendo como vía de acceso para las tropas hispanas en 1519 y como ruta de escape durante la mítica Noche Triste, con el viejo ahuehuete como testigo de aquella jornada.

Tras la caída del imperio mexica, los trazadores españoles respetaron su eje original para consolidarla como el motor comercial de la Nueva España. Durante el Virreinato, el paisaje lacustre dio paso a un corredor señorial adornado por haciendas de descanso, conventos e iglesias. 

Entre estos recintos destaca la antiquísima Parroquia de San Gabriel, una construcción franciscana del siglo XVI dedicada al Arcángel San Gabriel. Hacia 1584 el conjunto ya contaba con iglesias y frondosas huertas llenas de frutales. Con el paso del tiempo, el templo sufrió transformaciones firmadas por grandes maestros de la arquitectura como Pedro de Arrieta y Miguel Custodio Durán, cambiando sus antiguos retablos barrocos por altares neoclásicos durante el siglo XIX.

En este mismo trayecto floreció otra joya arquitectónica, la Casa de los Mascarones. Concebida como una finca de campo para el sexto Conde del Valle de Orizaba, la residencia quedó inconclusa tras su muerte en 1771. Sin embargo, las caras de piedra de su fachada le dieron una personalidad única que conserva hasta hoy.

Con el paso del tiempo, la calzada demostró una enorme capacidad para reinventarse. En el siglo XIX vio circular los primeros tranvías de mulas, mientras que en el siglo XX adaptó su fisonomía para albergar la modernidad del Metro y la intensa vida urbana.

Caminar hoy por Tacuba es atestiguar un contraste fascinante entre palacios de cantera, templos barrocos y la vida cotidiana. Más allá del ruido y la prisa de la calle, este camino conserva la memoria viva de la Ciudad de México. La calzada es el cimiento de nuestra identidad, un camino que ha sabido mantenerse en pie a lo largo de los siglos.

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