Tianguis del Chopo

Tianguis del Chopo

Cuando Jorge Pantoja entró a trabajar al Museo Universitario del Chopo por invitación de Ángeles Mastretta, percibió de inmediato una ausencia tan firme como imborrable, la del dinosaurio del Museo de Historia Natural que, antes de emigrar a Chapultepec, había dejado su huella en la memoria colectiva del museo y del barrio.

Con el deseo de atenuar ese vacío y convertir al museo en algo distinto, Pantoja comenzó a organizar conciertos, concursos de composición y exposiciones vinculadas al rock, entre otras iniciativas. El chispazo definitivo llegó en octubre, cuando su hermano Antonio le propuso organizar un mercado de intercambio.

Bajo el nombre de Primer Tianguis de Publicaciones Musicales y Discos, se convocó a coleccionistas, melómanos y sellos independientes en la que pretendía ser una efímera aventura de un mes. El éxito del tianguis los llevó a convertir el encuentro en un rito sabatino permanente.

Desde sus inicios y hasta el día de hoy, es un punto de encuentro donde se ofrece un sinfín de productos: revistas de colección, discos, libros especializados, juguetes, artesanías, ropa, chamarras de cuero, playeras de todo tipo de bandas y estandartes de diversas contraculturas, desde punks y cholos hasta pachucos y metaleros.

En 1982, el personal del museo, abrumado por la marea humana que asistía al Chopo y que no dejaba de crecer, manifestó su descontento. Fue entonces cuando se decidió trasladar el tianguis a las calles, ocupando la que honra al poeta Enrique González Martínez.

Comenzó entonces la era del Chopo itinerante, una existencia nómada que buscó refugio en las calles de la San Rafael, el Casco de Santo Tomás, los jardines de Ciudad Universitaria y el Kiosco Morisco. Tras ese largo peregrinaje, el tianguis halló finalmente su puerto en 1988, sobre la calle de Aldama, en la colonia Guerrero.

Hoy, el Chopo es una reserva espiritual de la contracultura. Un espacio donde lo emergente encuentra voz y donde la música alternativa se ha concentrado desde hace más de 40 años. Declarado Patrimonio Cultural de la Ciudad de México, sobrevive como el corazón palpitante de una comunidad que sigue haciendo ruido, creando música y preservando la diversidad cultural y la rebeldía juvenil que una ciudad como esta tanto necesita.

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