Peñón de los Baños
Share
Al oriente de la Ciudad de México, rodeado por el rugido incesante de las turbinas de aviones y el concreto del aeropuerto, se alza el Peñón de los Baños. Conocido en la época prehispánica como Tepetzinco ("el cerrito"), este sitio es un mosaico histórico donde se entrelazan la historia antigua, el mito y una identidad barrial muy presente.
Hace siglos el Tepetzinco estaba rodeado de las aguas saladas del Lago de Texcoco. Su posición estratégica lo convirtió en un sitio ideal para la navegación lacustre, pero su verdadera fama provenía de sus entrañas, ahí donde se encontraban manantiales de aguas termales con propiedades medicinales únicas.
Los gobernantes mexicas, entre ellos Moctezuma Xocoyotzin, lo utilizaban como sitio de recreación y purificación. Vinculaban al Peñón con deidades del agua y la fertilidad, considerándolo un punto de conexión entre el mundo terrenal y las fuerzas cósmicas.
A partir de la época colonial el entorno del Peñón de los Baños sufrió cambios drásticos. La construcción de la capilla de Santa María de Guadalupe en 1765 marcó el inicio de una fusión de creencias que perdura hasta el día de hoy.
A principios del siglo XX surge el Panteón del Pueblo del Peñón de los Baños, un recinto icónico edificado por la propia comunidad que, ante la falta de suelo, optó por una organización vertical. Es el testimonio de un barrio que, incluso en la muerte, reclama su derecho al territorio.
Sin embargo, el cambio más grande llegó con el secado del sistema de lagos y la expansión urbana. Al principio de la década del 50 la inauguración del aeropuerto cambió para siempre la zona. El Peñón terminó cercado por hangares, pistas y esos pájaros de metal que cruzan el cielo, pero el espíritu de su comunidad se mantuvo firme.
Actualmente, el Peñón de los Baños brilla por su vibrante cultura popular. Ya sea a través de su histórico carnaval, su representación de la Batalla del 5 de mayo, el mítico Torneo de fútbol del Carmen o su legado como cuna del movimiento sonidero, este pueblo originario protege sus raíces con una fuerza admirable. Una resistencia cultural que mantiene vivos los ecos de aquel umbral sagrado de manantiales y aguas termales.