Coyoacán
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Mucho antes de que el fuego del volcán Xitle sepultara a los antiguos pobladores de Copilco y Cuicuilco, el sur de la cuenca trazaba un territorio cubierto de pedregal, manantiales y vegetación indómita. De esa geografía ancestral nació Coyohuacan, el venero náhuatl que nombra al “lugar de los dueños de coyotes”, una tierra fértil dedicada al culto de Tezcatlipoca que floreció como señorío tepaneca antes de rendirse al dominio mexica.
Tras la caída de Tenochtitlan en 1521, este enclave de huertas y aire fresco se convirtió en el primer asiento de poder de los conquistadores. Entre sus calles de piedra se fundó el primer Ayuntamiento del Valle de México y se proyectó la nueva fisonomía virreinal. Pronto, la sobriedad franciscana levantó el Convento de San Juan Bautista y las capillas de barrio, mientras que aristócratas y cronistas buscaron en sus solares un refugio para veranear.

Esa traza colonial dio paso a una red de barrios originarios que conservaron la esencia de su vida comunitaria. Rincones como Santa Catarina Omac o La Candelaria mantuvieron viva la tradición mediante sus festividades patronales y el tejido social que resistió a la expansión de la gran urbe. La arquitectura del lugar fue mutando hacia una elegante mezcla cosmopolita a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando las antiguas fincas agrícolas se transformaron en pintorescas quintas de descanso.
Con la llegada del siglo XX, el pueblo atrajo a una comunidad vibrante de pensadores y creadores. Casonas teñidas de añil y terracota se convirtieron en las residencias y talleres de figuras como Frida Kahlo, Diego Rivera, Salvador Novo y León Trotsky, transformando a este antiguo señorío en un hervidero de vanguardia artística, pensamiento político y bohemia internacional.

Las plazas de Hidalgo y de la Centenario pasaron a ser el punto de encuentro natural para tertulias que definieron parte importante de la vida cultural del país.
Caminar por sus atrios empedrados, entre el aroma del café de olla y la sombra de los viejos fresnos, permite atestiguar la convivencia entre el pasado prehispánico, el fervor virreinal y el pulso intelectual. Coyoacán permanece como la reserva poética donde la historia de México ha quedado cincelada en la cantera.